Jamás pensé que algún dia
sería Jefe de la Policía Estadounidense. En realidad,
ni siquiera habría elegido llegar a grande, salvo que me lo
dijeran. Todavía puedo recordar la primera vez que
conocí a un policía. Uno de los primeros
Técnicos Médicos de Emergencia del Departamento de
Policía de la Ciudad de Nueva York nos sorprendió en
Central Park, y ese verano yo necesitaba hacer una pasantía
en un servicio comunitario. En esos días, era necesario
realizar prácticas para graduarse de la escuela secundaria.
Casi sin darme cuenta, ya había conocido y estaba trabajando
con oficiales de policía. Aquella vez en el Central Park fue
la primera vez que conoci a un oficial de policia..... bueno, salvo
por una vez anterior. Aunque todavía sostengo que no
salté el molinete para subir al subte.
Luego fui a Dartmouth. Después de
mi primer año de universidad, hice una pasantía en la
Policía de Tránsito de la Ciudad de Nueva York
trabajando para el subinspector Hillel Valentine. Continué
interesado y comprometido durante los siguientes años de
estudio, y cuando estaba a punto de graduarme, Tony Bouza, el
siempre extrovertido subjefe quien luego llegó a ser jefe en
Minneápolis, concertó para mí una entrevista
con Pat Murphy, el legendario ex comisionado de la policía
de Nueva York que ha estado al frente de varios departamentos de
todo el país. Estuve una hora y media escuchando y
conociendo a Murphy.
Pat
me contó acerca de Victor Cizanckas, que era jefe en
Stamford, Connecticut, y que también lo había sido en
Menlo Park, California. Dijo: "No está tan lejos de Nueva
York, y está haciendo algunas cosas muy locas. ¿Por
qué no lo vas ver?". Estuve haciendo una pasantía con
Victor durante seis meses antes de ingresar a la Facultad de
Derecho de la Universidad de Nueva York. Ni siquiera en
sueños se me ocurrió pensar que 20 años
más tarde estaría ocupando su mismo puesto en
Stamford. Ahora, cada tanto, voy a su tumba sólo para pasar
ahí un momento.
Luego de graduarme en la facultad de
derecho de la Universidad de Nueva York, comencé a trabajar
como asistente del fiscal de distrito en Brooklyn, Nueva York. A
partir de entonces, me convertí en asistente especial del
fiscal de los Estados Unidos. En 1997, asumí como abogado
general de la Policía de Tránsito de la Ciudad de
Nueva York. Conocí a Bill Bratton, quien por ese entonces
estaba al frente de la fuerza y luego fue nombrado comisionado en
Nueva York. Yo terminé en la policía de New Haven y
serví en el equipo de transición de Bill Bratton para
el NYPD (Departamento de Policía de Nueva York). Luego,
pasé a ser jefe de la Policía de Metro North, el
organismo que vigila los trenes que recorren Nueva York y llegan a
Connecticut.
En
1997, estaba cortando la cinta inaugural en una de nuestras
estaciones ferroviarias de Stamford, en Connecticut, cuando
conocí al nuevo alcalde, Danell Malloy, y enseguida nos
llevamos bien. Descubrimos que habíamos sido asistentes del
fiscal de distrito en Brooklin en la misma época y nunca nos
habíamos conocido.
Es
un gran hombre, me cae muy bien y lo respeto enormemente. En 1995,
hizo una campaña sobre el control policial en la comunidad.
Había tenido que aceptar otro jefe de policía, pero
quería traer a alguien de su confianza. Entonces me
reclutó y ahora hace ya tres años que estoy en
Stamford.
LA CIUDAD DE STAMFORD
Déjenme contarles un poco sobre el
lugar donde soy Jefe de Policía. En Connecticut, el estado
que cuenta con el mayor ingreso per capita de Estados Unidos, hay
cinco ciudades que tienen más de 100.000 habitantes. Esas
cinco ciudades son la capital, Hartford, New Haven, Bridgeport,
Waterbury y, por supuesto, Stamford. Cuatro de las cinco se
encuentran entre las más pobres de la nación.
Allí se registran los más altos índices de
mortalidad infantil y de madres solteras en Estados Unidos. Su
población disminuye en forma constante. Y ni siquiera eso
hace que Connecticut pierda su primer lugar como estado más
rico del país. Y después tenemos a Stamford. Esta
ciudad está prosperando.
Y
esto se debe a su geografía. Es la ciudad que está
ubicada más al sur, dentro del Partido de Fairfield, uno de
los más ricos de Norteamérica, muy cerca de la Ciudad
de Nueva York. Stamford es una ciudad con una población de
aproximadamente 120.000 habitantes. Alrededor de 25.000 a 30.000
personas viajan todos los días para ir trabajar a la Ciudad
de Nueva York; la mayoría de las veces lo hacen en tren. Y
aproximadamente entre 25.000 y 50.000 personas viajan todos los
días a Stamford por trabajo. Es lo que el escritor del
Washington Post, Joe Garreau, llama una "edge city" ("ciudad del
borde"). Una enorme cantidad de corporaciones se ha instalado en la
ciudad. Llegaban una detrás de otra al centro de Stamford,
donde, hasta principios de los noventa, podían evitar el
pago de impuestos a los ingresos y además estar muy cerca de
la Ciudad de Nueva York.
La
ciudad de Stamford tiene casi 100 km2 , una
geografía muy grande para la región nordeste. Es una
ciudad heterogénea que se parece mucho a Estados Unidos en
su conjunto. Hay gente rica y gente pobre. Ya se ha derribado la
peor parte de nuestras viviendas públicas pero los barrios
pobres del centro siguen existiendo. Siempre ha habido una
significativa población de gente de color y en estos
momentos está llegando gran cantidad de latinos.
CRISIS DE LIDERAZGO
He
aprendido mucho en el camino y créanme cuando digo que he
cometido muchos errores. Lo que aprendí del liderazgo y la
organización en las fuerzas policiales es lo siguiente: se
habla mucho sobre la descentralización, y generalmente es
sólo eso: hablar. La gente dice que es necesario dar
más poder a todos, que es necesario hacer las organizaciones
más horizontales y sí, necesitamos todo esto. Pero
para lograrlo, necesitamos encontrar líderes. Los oficiales
buscan liderazgo y el jefe no puede hacerlo solo.
Llegué a Stamford en febrero de
1998. En mi primer día de trabajo, entré a las 5 de
la mañana y encontré cerradas las puertas de la
jefatura. Esperé que llegara alguien que me dejara entrar.
El departamento no estaba abierto ni para el público ni para
sus propios empleados, y no me llevó mucho tiempo darme
cuenta que la crisis era interna.
Stamford tenía un departamento de
policía desanimado. Era un departamento que contaba con
gente maravillosa que había sido devastada y que ya no se
sentía motivada por aquellas razones por las que
habían elegido estar ahí. El departamento
había quebrantado sus espíritus, porque nunca
cambiaba, nunca ofrecía nuevas oportunidades, por lo tanto
su gente había encontrado otras vías de escape.
A
nadie se le permitía tomar decisiones. Recuerdo mi primer
caso de homicidio. Salí de la cama para ir al lugar del
hecho, y allí me preguntaban, "¿Deberíamos
llamar a un detective? ¿Tenemos permiso para llamar a un
detective fuera de hora?" Contesté, "Bueno, dejaré
que ustedes tomen esa decisión". Entonces, el jefe de
detectives nunca apareció en el lugar de los hechos, aunque
a las 8:00 a.m. estaba en su oficina y para las 9:00 ya
tenía preparado el informe sobre lo sucedido, a pesar de que
había sido yo quien había estado en el lugar del
hecho y no él.
La
ciudad había crecido y cambiado, pero el departamento
seguía siendo el mismo de siempre. Todo el control policial
se realizaba desde el cuartel principal de policia. El jefe estaba
conforme con eso, a los oficiales no les importaba y el
departamento se enorgullecía del hecho de que nada
había cambiado en tres décadas. No había
habido cambios ni en un solo sector de patrullaje.
Los
oficiales no querían nada distinto. No querían turnos
mejores. Durante las negociaciones de contratos, el sindicato
pagó para poner carteles que decían, "Bienvenidos a
la tierra de nadie" para que los viera el medio millón de
personas que pasaban todos los días por la Ruta 95. Al mismo
tiempo, Stamford era una ciudad que estaba prosperando y que estaba
lista para despegar económicamente. El centro estaba
cobrando vida por primera vez en muchos años.
LA ELECCIÓN DE SUBJEFES
Cuando llegué, había dos
puestos vacantes para subjefe. En una de las primeras
conversaciones que mantuve con Bill Bratton luego de haber asumido
el cargo, recuerdo haberle dicho, "Estoy solo". Bill siempre estuvo
solo también, hasta que vino a Nueva York por segunda
vez.
En
las tratativas para el contrato dije, "Mira, quiero luchar por mi
derecho a elegir los subjefes que yo quiera y de donde yo quiera.
Por lo tanto, déjame hacerlo". El sindicato me dejó
ganar esa vez, y cuando estaba preparado para elegir los subjefes,
dije: "No necesito entrevistas, porque eso es lo que he estado
haciendo durante seis meses".
Elegí gente de adentro: tres de los
cuatro elegidos eran tenientes porque era evidente para mí
que en el Departamento de Policía de Stamford los tenientes
eran los líderes. Hay cuatro subjefes, seis capitanes, 12
tenientes y 52 sargentos. La estructura de la organización
se apoya en los tenientes.
Todos apreciaron el hecho de que
había luchado por el derecho de traer gente externa a la
organización y que había ganado tal derecho, y todos
pensaron que en verdad así lo haría. Sin embargo,
elegí gente de adentro. La designación de subjefes no
era todo. La administración en su conjunto era cerrada.
Cuanto más alto llegabas en la organización, menos
tenías que trabajar. Esa era la cultura.
"QUIERO QUE SEA TU AMANTE CELOSA"
Lo
que hice, entonces, fue convocar a los tenientes y decirles que
pagaría horas extras porque quería saber qué
era lo que pensaban. Quería una reunión de personal.
No habían tenido una reunión de ese tipo en
años. Nadie pudo recordar cuándo había sido la
última vez que la habían tenido.
Dije: "Muéstrenme la sala de
reuniones". Lo hicieron. Era un cuarto de depósito. Sacamos
todos los archivadores por la ventana del segundo piso y los
llevamos al estacionamiento. Una vez que despejamos el cuarto y que
tuvimos lista la sala de reuniones, les dije:
Aquí estoy. Pienso quedarme. Y lo
que quiero es que ustedes vuelvan. Díganme qué hace
falta para que vuelvan a poner su corazón en este
departamento y para que recuperen sus mejores días, porque
eso es lo que quiero. Quiero que no puedan dormir a la noche
pensando en este lugar. Quiero que a la mañana estén
aquí antes de su horario sólo porque no pueden
esperar para comenzar su día de trabajo. Quiero que piensen
en su trabajo. Quiero que sueñen con él. Quiero que
el trabajo perjudique sus matrimonios. Quiero que sea la amante
celosa. Quiero que sea una obsesión.
Pensaron que estaba loco. Tal vez lo
estaba. Les dije: "Aquí nos reuniremos todos los
días, y estaremos de vuelta aquí todas las
mañanas".
Se
dieron cuenta de que estaban obteniendo muchas horas extras. Les
comenté que no me importaba nada el dinero, entonces
empezamos a hablar y a sincerarnos. A propósito no
llamé a ninguna firma consultora, aunque más adelante
sí contraté consultores para algunas cuestiones
técnicas. Comiamos rosquillas, tomabamos café y
simplemente nos juntabamos y hablabamos . Todos tuvieron la
oportunidad de contar su historia, y todos contaron algo que los
había hecho sufrir, y recordaron que el departamento alguna
vez había traicionado sus esperanzas. Había una
sensación de que a nadie le importaba y que lo que ellos
decían no significaba nada.
Reestructuramos todo el departamento de
policía. Tenía que encontrar líderes, y ellos
eran, como dije antes, los tenientes. Los jefes vienen y se van.
Cuando estaba buscando los líderes, caí en la cuenta
de que sería bueno ir por el pasillo y hablarles a los que
pasan lista, pero los muchachos solamente miraban al sargento y al
teniente. El teniente sólo puso sus ojos en blanco cuando
dije algo con lo que él no estaba de acuerdo y se
quedó mirando por la ventana, y todos los demás
hicieron lo mismo.
ERRORES EN NEW HAVEN
Hice
esto porque comprendí cuál había sido mi
primer gran error en New Haven. Comprendí que primero hay
que buscar los líderes.
Llegué a New Haven recién
salido de la academia de policía: un novato de 32
años, el más viejo y de mayor grado que Connecticut
tuvo alguna vez en la academia. Era abogado y fiscal, pero tuve que
ir a la academia antes de hacerme cargo de un departamento. Cuando
estuve listo, agradecí a la academia diciendo, "Gracias. No
voy a transferirlos". Me hicieron pagar mis derechos y luego me
fui.
Fui
jefe de operaciones en New Haven. Manejaba todo el departamento.
Nunca me tomé un día libre. Como jefe joven, dije,
"Voy a salir de ronda con los agentes". Y pensé que estaba
haciendo todo bien, porque había leído sobre Pat
Murphy y cómo solía salir a trabajar con los
agentes.
¡Cuánto me equivoqué!
Los supervisores eran los que lideraban este departamento, no yo.
Entonces decidí no cometer ese error en Stamford. Trabajaba
para los jefes y pasaba mi tiempo con los tenientes y los
sargentos.
REPLANTEO DEL SISTEMA DE BRIGADA
Los
tenientes manejaban el Departamento de Policía de Stamford
porque manejaban las brigadas. Una brigada es una pequeña
fraternidad, un grupo de 30 a 50 agentes. Los oficiales trabajaban
una semana entera durante el dia, incluyendo el fin de semana, y
luego tenían unos días libres. Luego, al regresar
trabajaban una semana entera de noche, después tenían
unos días de descanso y luego volvían a la semana
entera de día. El turno de medianoche era aparte.
Tenían algunos sargentos y un teniente.
Las
brigadas estaban de servicio juntas. Después, por la noche,
se iban a sus casas al mismo tiempo y salían a tomar algo
juntos y volvían al otro día. Un grupo de ellos
salía como un torbellino y patrullaba durante ocho horas.
Luego regresaban y se marchaban a sus hogares, y después
venía otro grupo a trabajar ocho horas. No había
ninguna relación entre ellos.
Eran
como tres ciudades que nunca hablaban. Los ciudadanos no
sabían qué estaba sucediendo. Les preguntaban a los
policías sobre algo y ni siquiera sabían quién
trabajaba en su barrio.
Decidí que tenía que empezar
a compartir momentos con los tenientes, y pasábamos mucho
tiempo conversando. Entonces les dije, "Miren, ustedes dirigen este
departamento de policía. Si alguien de sus brigadas no les
cae bien, entonces esa persona recibe un turno horrible. A ustedes
les toca distribuir las horas extras. Son ustedes los que tienen el
poder".
LOS TENIENTES ASUMEN EL MANDO
Lo
que ellos querían era estar a cargo, tener un control real
sobre la forma en que se dirigía el departamento y la forma
en que funcionaban las políticas. Entonces, buscamos la
manera de hacer una distribución en este departamento y
poner a los tenientes al mando, donde tienen una verdadera
jurisdicción. Rediseñamos la organización en
12 comandos: uno para cada teniente. Dividimos la ciudad en cinco
comandos de patrullaje, cinco comandos geográficos de los
cuales los tenientes eran responsables las 24 horas del día.
¿Por qué? Porque así era como ellos
querían hacerlo.
Compartí mucho tiempo con ellos. No
cometí el mismo error de pasar por encima de mis sargentos y
tenientes, porque ellos eran los líderes. Todo el tiempo que
yo pasaba en la patrulla, lo hacía con los sargentos y
tenientes y les demostraba mucho respeto. Tiempo después,
les pregunté, "¿Puedo salir con alguno de los
oficiales, por favor?" Lo hacía, pero siempre pedía
su autorización. Nunca se sintieron menospreciados en su
poder.
Cuando entré a este departamento no
tenía ningún plan, pero esto me pareció que
era lo correcto. Tienes que rediseñar las funciones de los
verdaderos líderes si quieres ser tú mismo un buen
líder.
Recuerdo que en uno de los encuentros del
Foro de Investigación Ejecutiva de la Policía el tema
de debate era: "¿Es más importante ser un jefe
externo o un jefe interno?"
Yo
sostenía que era más importante ser un jefe externo,
y ahora creo que los conversos son los mejores predicadores. En
aquellos días, yo era un jefe externo pero me di cuenta de
que primero tienes que ser un jefe interno y luego, con el tiempo,
tienes que ser ambos. La policía de Stamford se encontraba
en medio de una crisis interna y, para solucionarla, yo necesitaba
ayuda de la gente que realmente manejaba el departamento: los
tenientes. Esos tenientes crearon el departamento de
policía.
Consideramos la posibilidad de crear un
nuevo destacamento interno. Les dije, "Vayan y háganlo. Yo
los apoyaré. Vayan a buscar una subestación. Salgan y
organicen a su gente. Háganlo todo ustedes. No voy a hacer
nada de eso por ustedes, pero los voy a respaldar". Ahora tenemos
cinco distritos y nueve subestaciones. Todas las subestaciones las
conseguimos gratis.
Llegué al punto en que dije:
"Ustedes están al mando, ya sea de la brigada de detectives
o los programas juveniles o pueden ser tenientes de
narcóticos o de asuntos internos o bien uno de los tenientes
de los cinco distritos de patrullaje. Siempre que sean tenientes al
mando, reciben el mismo trato. Son comandantes tenientes".
Les
di nuevas disposiciones para el trabajo. Les comenté algunas
cosas:
-
Número uno, les vamos a dar un auto
para que se lleven a sus hogares. Nunca antes lo habían
tenido. Lo mismo va para otro tipo de equipamiento: teléfono
celular, computadoras portátiles, sólo tienen que
pedirlo.
-
Número dos, les voy a dar un
horario flexible. Pueden llegar y marcharse cuando quieran.
- Número tres, si necesitan hacer
horas extras, úsenlas para ustedes mismos. Les doy las 12
horas extras permitidas para que las usen para ustedes porque
éste no es un trabajo de 40 horas. O las aprovechan o las
pierden. ¿Quieren trabajar 80 horas a la semana?
Háganlo. Yo les pagaré. Lo único que les voy a
pedir es que se lleven los problemas a sus hogares . Piensen en
este trabajo las 24 horas del día. Si hay algo que
está sucediendo en esta comunidad, que Dios los ayude si yo
lo descubro antes que ustedes lo hagan.
Eso
es lo que sucedió. Me pusieron a prueba. Fueron tan lejos
como pudieron. Hicieron lo que quisieron. Jugaron conmigo,
intentaron llevarme hasta mis límites, y yo se los
permití.
Muchos de ellos duplicaron sus salarios.
No me podía importar menos, porque triplicaron su carga
laboral y su compromiso. El departamento volvía a ser
importante para ellos. Las licencias por enfermedad disminuyeron.
No querían tomarse las vacaciones que les
correspondían. Competían entre ellos. De pronto, eran
exigentes con los agentes por cosas pequeñas a las que antes
no les daban importancia. Decían cosas como, "¿Por
qué no te presentaste a trabajar hoy? ¿Qué es
eso de lesionarse en servicio? Hoy no puedo darme el lujo de darte
el día libre".
Y
disminuyó la cantidad de delitos. Disminuyó mucho. La
reducción en la cantidad de delitos que logramos fue una de
las más grandes de la Costa Este, y ahora llegamos a empatar
siendo la ciudad más segura de la costa oriental. En 1999,
se registró el mayor índice de reducción de
delitos de las ciudades al este de Mississippi.
De
repente, los tenientes eran los insoportables jefes que todos
solían odiar. Preparaban informes. Hacían
presentaciones. Estaban haciendo lo que nunca antes habían
hecho. No tenían modelos de conducta para seguir. No
tenían mentores. No tenían ejemplos.
Todos estabamos entusiasmados.
Estábamos disfrutando como nunca antes. Nos
equivocábamos. Pero no importaba. Los agentes nunca
habían vistos jefes con tanta energía, y se
contagiaban. Denle a un jefe una verdadera responsabilidad y
autoridad, y jamás los decepcionarán.
CONVIRTIENDO A LOS TENIENTES EN JEFES
Por
primera vez en sus carreras, los tenientes se preocupaban por la
comunidad porque no estaban aislados dentro de la jefatura de
policía. De pronto, no es el jefe de policía quien
esta ahí afuera entendiento el dolor de todos los
demás, quien está en todos los grupos de la iglesia y
en todas las reuniones comunitarias, escuelas, asociaciones
vecinales y grupos de comerciantes. Y no siempre es el jefe quien
tiene que escuchar a la comunidad diciendo: "Jefe, quiero ver
más policías en las calles. Jefe, ¿qué
pasa con los chicos que se juntan en las esquinas? Jefe, los
policías son irrespetuosos".
Ahora son ellos quienes van a esas
reuniones: los tenientes y los sargentos y los oficiales de
patrullas. Cuando se los saca de su aislamiento, pronto empiezan a
sentir lo que uno siente; empiezan a actuar como uno lo
haría. Es sorprendente.
Me
hubiera gustado haber aprendido esto 10 años atras. Cuando
estaba en New Haven, yo era el agente de la policía de la
comunidad. Yo era el teniente. Yo hacía el trabajo de ellos.
Una vez que logras que ellos hagan lo que les corresponde, se puede
observar una notable transformación. Ellos son los que se
ponen a discutir con los agentes en el vestuario y se los puede
escuchar diciendo, "¡Bájate del auto!", o "No quiero
escuchar más sobre cómo pasaste por este lugar.
¿A quién crees que engañas? Lo haces de nuevo
y te despido".
Cada
idea disparatadas se puso a prueba, y muchas de ellas funcionaron.
Bill Bratton me enseñó algo que nunca olvidé.
Me dijo: "Sale a la calle, como jefe, y trata de buscar a alguien
que esté haciendo las cosas bien en lugar de mal. Ve y
péscalo haciendo algo bien". Todo el día me la pasaba
yendo y viniendo en busca de alguien que estuviera haciendo las
cosas bien. A todos los felicitaba. ¡Realmente funciona!
COLONIA DE VACACIONES, GENTILEZA DE LOS
NARCOTRAFICANTES
Vaciamos la jefatura y sacamos a la gente
de sus escritorios. Pusimos oficiales en cada una de las escuelas.
Empezamos cosas nuevas. Ahora manejamos ligas de basquetbol. Y todo
eso lo pagamos nosotros. En los parques pueden ver que todos los
chicos tienen zapatillas nuevas y que están jugando con una
pelota de básquet, y todo lo compramos nosotros.
Creamos una colonia de vacaciones porque
los oficiales de las escuelas decían, "Estos chicos no saben
qué hacer en el verano". Logramos que la escuela ampliara el
edificio y construyera una colonia de vacaciones. Pusimos una placa
agradeciendo a los narcotraficantes de Stamford por el dinero que
les confiscamos y que usamos para la colonia. Notifiqué al
Departamento de Justicia y al estado. Dije, "Les notifico de
antemano que podría violar la ley. Voy a usar el dinero
confiscado a los traficantes de drogas para esta colonia de verano.
Los desafío a pedirme que me detenga. Quedan notificados".
El dinero confiscado de las drogas no se usa para comprar
equipamiento policial, y Dios sabe cómo lo necesitamos.
Contratamos a estudiantes de la escuela secundaria y los
capacitamos; además les pagamos bien.
Instalamos Compstat, el sistema de
resposibilidad policial que utilizan en Nueva York. íbamos a
dos reuniones de personal por semana, los martes y los viernes. Soy
muy consciente de que la gente está actuando para mí,
es un teatro, pero a mí me gusta la inteligencia oportuna y
precisa. Es un boleto difícil. Es un espectáculo tan
bueno como cualquiera de Broadway. Pero, en resumidas cuentas es
como decir: los entiendo pero voy a estar detrás de ustedes
si alguna vez se olvidan que lo que están haciendo es para
conseguir resultados.
Si
se despiertan en el medio de la madrugada, es mejor que sea
gritando por el delito, el miedo y el caos. Si no pueden gritar
esas cosas durante su sueño, entonces no saben de qué
se trata su trabajo. No me importa cuánto se esfuercen en su
trabajo. Tienen que producir resultados. Tienen que reducir el
delito, reducir el miedo y el caos. Nunca pierdan de vista su
objetivo.
EL SUCIO SECRETO DEL JEFE DE
POLICÍA
Me
encanta lo que hago. Es mi trabajo y mi familia, pero hay algo que
siempre me molestó. La mayoría de los oficiales nunca
ascienden en sus carreras, y hay un secreto que casi nadie conoce:
los oficiales nunca se deciden a rendir el examen de ascenso. Veo a
hombres realmente talentosos que podrían ascender
fácilmente e incluso me animo a decir que lo desean, pero
nunca se presentan los sábados a rendir el examen para ser
sargentos, aun cuando se hubieran inscripto.
Dan
excusas como: "Bueno, estaba nevando. Bueno, surgió un
inconveniente. Mi auto no arrancaba". Siempre hay alguna
razón para no presentarse al examen. El agente promedio no
se presenta a ningún examen en toda su carrera. Esto se debe
a que hay muchos problemas con el liderazgo en la policía.
No es que todo el tiempo odien a sus jefes. Es que el liderazgo
tiene problemas. Los agentes no confían en él.
Ahora miro atrás, en mi tercer
aniversario en Stamford, 22 años después de haber
entrado a la oficina del comisionado Murphy, todos estos
años luego de haber dejado el cargo en la oficina del
fiscal, y ¿qué observo sobre mis colegas? Ya sea los
más o menos 220 colegas de las ciudades con más de
100.000 residentes o los jefes de policía con los que
trabajo en el Condado de Fairfield o los jefes de policía de
Connecticut o simplemente los que conozco personalmente, lo
único que me duele es que existe un pequeño secreto
que involucra a un montón de jefes de policía y que
resulta difícil de creer. A la mayoría de los jefes
no les agradan los oficiales. Odian a los oficiales.
Y la
mayoría de los oficiales lo saben. La mayoría de los
tenientes lo saben. La mayoría de los sargentos y capitanes
y comandantes lo saben. De alguna manera, te pasas la vida
esforzándote y luchando para poder llegar a la cima; pero
cuando llegas, gastas tu energía tratando de retener como
puedes ese empleo y sientes que la amenaza más grande para
la seguridad de tu trabajo son los oficiales. Piensas: van a
echarlo a perder por la noche, que van a meter la pata; que te van
a hacer caer.
Al
entrar a la mayoría de los departamentos de policía,
observas que el abismo entre el cargo de jefe y los oficiales
comunes es enorme, y es difícil para mi ver eso.
Quizá dentro de 20 años, si todavía sigo por
aquí, voy a ser uno de esos hombres y diré,
"¿Qué sucedió?
Es
sorprendente: el sindicato a un lado de la mesa y los jefes al
otro, y se pelean mucho. ¿Alguna vez habrá confianza
entre nosotros? Los policías no se presentan a esos
exámenes que mencioné porque no confían en
nosotros, los jefes.
Los
jefes suelen ascender a los que les son leales. Todo el tiempo
están cuidándose de ti y terminan controlando a todos
los que te rodean. La atmósfera pronto se vuelve densa. Se
crea un entorno en el que no confías en la gente que trabaja
para ti. Los jefes sienten que los policías van a meter la
pata, que van a tomar decisiones equivocadas. No están bien
entrenados, no están bien regulados. En esas reuniones de
jefes de policía, éstos se sentaban y contaban
historias sobre cómo eran fastidiados por sus
policías y qué fantástica sería la vida
en el departamento si no fuera por los oficiales que trabajan
ahí.
Tienes que confiar en la gente que trabaja
para ti. Si depositas tu confianza en ellos, en la mayoría
de los casos no la traicionarán. Si les das responsabilidad
y autoridad, la mayoría de las veces se elevarán a la
altura de las circunstancias. Un jefe no puede hacer todo solo.
Si
impones muchas normas y reglamentos, se volverá un problema.
Siempre habrá otro estudio más y otra
regulación y alguna otra cosa que controle la
situación. La verdad es que, si cuentas con las personas
adecuadas, las reglas son irrelevantes. No se trata de reglas. En
mi opinión, se trata de control local; se trata de la
descentralización; se trata de ser flexible. Se trata de
invertir en tu gente y de buscar resultados.
Dean Esserman, Jefe de
Policía en Stamford, Connecticut, comenzó su carrera
como asistente de fiscal de distrito en Brooklin, Nueva York.