Obituarios erróneos no son nada nuevo. Una vez el gran
escritor norteamericano Mark Twain leyó un comentario
periodístico de su supuesto muerte y fue obligado a notar
que "los informes de mi fallecimiento han sido exagerados." Y
es así con la suposición popular de que el
neoliberalismo ha pasado de moda en América Latina. No
sólo está vivo, sino que unos elementos
centrales-como la libertad política y económica-no
han sido totalmente realizados.
"Neoliberalismo" es uno de esos términos canasta que
significan, lamentablemente, cosas distintas a distintas
personas. Para los marxistas, ahora buscando una causa nueva,
quiere decir políticas que enriquecen corporaciones
multinacionales a la misma vez que pisan a los pobres del mundo y
destruyen el medio ambiente. Para los antiglobalistas, es el
expansionismo de los países occidentales. Para los
fundamentalistas económicos, es la infalibilidad del
concepto del mercado.
Porque ninguna de estas definiciones admite matices y nadie
está de acuerdo de lo que puede significar "neo" en el
término, quizá sería mejor examinar el estado
del liberalismo en América Latina y sus columnas gemelas, la
democracia y mercados libres. De hecho, neoliberalismo deriva
del liberalismo clásico de los filósofos moralistas
del siglo 18, quienes propusieron que los individuos deben ser
libres para hacer lo que quieren y pueden comprar lo que desean y
vender propiedad de su gusto sin interferencia del Estado.
Lento progreso en América Latina
Por razones históricas, el liberalismo y sus
columnas de apoyo, la democracia y los mercados libres, vinieron
tarde a muchos Estados latinoamericanos y han tenido historias
difíciles en otros. Tradiciones centrales como la
creencia de que la soberanía queda en el Estado nacional y
que sólo los líderes fuertes pueden establecer orden
parecían razonables en el momento de independencia cuando
elites europeas eran el Estado en muchos sentidos y
regían una población no educada.
Pero
inmigración seguida, logros de educación y la
necesidad de competir con el progreso económico de otros
países llevaron cambios que desafiaron esas
tradiciones. En partes de la región que han vivido
durante mayor parte de su historia bajo la dictadura, una ola de
democracia y reformas preliminares basadas en el mercado
pasó rápidamente en los años ochenta.
Ahora, todos los Estados americanos, con la excepción de
Cuba, tienen elecciones competitivas y regímenes de comercio
exterior más liberalizados.
Mas
países que han sido democracias alrededor de los margines,
han logrado avances en la protección de derechos humanos,
libertad de expresión, y en esfuerzos preliminares de
descentralización de la autoridad gobernante.
Aún la Organización de Estados Americanos, una vez un
club de dictaduras, ya es un poderoso foro para promover las
libertades políticas y económicas a través de
cambios democráticos.
Pero
el colapso fiscal de Argentina, conflictos internos en Guatemala, y
desacuerdo fomentado por el comportamiento dictatorial del
presidente Hugo Chávez, de Venezuela, y caos en la nominal
democracia de Haití, han hecho parecer que el liberalismo ha
sido probado y está por ser rechazado por los pueblos de la
región. Mientras los datos de sondeos de
opinión pública de la firma Latinobarómetro
muestran que los latinoamericanos favorecen claramente la
democracia por encima de todos los otros sistemas, son muy
desilusionados por los resultados.
Eso
porque la democracia y mercados libres-los dos pilares de
liberalismo-sólo han pasado por la primera generación
de reformas-las elecciones de oficiales públicas y el
reemplazo de estrategias económicas de sustituir
importaciones con comercio más abierto al exterior.
Sin una evolución contínua, hay poco más que
estas reformas pueden lograr para resultar en sociedades más
libres y prósperas.
Más allá de las elecciones
Para que la democracia logre más, hay mucho que
hacer para redefinir el propósito de autoridad, mejorar la
representación de los ciudadanos y establecer el estado de
derecho. Antiguas estructuras de tiempos autoritarios
todavía marchan en contra de libertades mayores.
Incluyen:
-
Burocracias "cuello de botella," poderosas instituciones
nacionales centralizadas que intentan controlar una vasta gama de
actividades, desde mantener a un ejército hasta reparar
baches en las calles de los más pequeños
caseríos. Se dedican más a perpetuar su propia
existencia que a proteger libertades o hacer el trabajo del
pueblo. Típicamente, grandes volúmenes de
decisiones deben pasar por una pequeña cantidad de manos,
que asegura que el gobierno se mueve a la velocidad de un
caracol. Poderosos presidentes y ministerios frecuentemente
tratan de imponer agendas que no se identifiquen con los deseos del
pueblo o tratan de tomar decisiones sin tener contacto cercano con
fuentes primarias de información. Muchas veces usurpan
la autoridad de oficiales locales mientras poderes legislativos y
judiciales débiles fracasan en controlar sus excesos.
-
Políticas piñata. El gobierno nacional
es el mayor o único recolector de impuestos.
Provincias y municipalidades usualmente no tienen autoridad de
recibir tributos y deben confiar en transferencias para financiar
sus operaciones. Aunque las transferencias pueden ser
distribuidas con base en necesidades, favoritismo o agendas
políticas pueden manifestarse en el proceso de toma de
decisiones. Mas las transferencias vienen con cuerdas y no
son contables a la ciudadanía local.
-
Representación falsa. Por la región,
legisladores no representan directamente al propio pueblo, porque
la cadena de responsabilidad está bloqueada por
fórmulas electorales complejas. En la mayoría
de los países, los líderes de partidos, no los
electores, escogen a los candidatos quienes son puestos en listas y
elegidos por la proporción de votos recibidos por cada
partido. En lugares como Colombia y Paraguay, los senadores
son elegidos por todos los ciudadanos, no de los de un solo
departamento o distrito. En Nicaragua, recientes cambios
constitucionales dejan a los presidentes salientes y a los
perdedores de elecciones presidenciales un escaño en la
Asamblea Nacional sin ser elegidos. Los senadores y diputados
mexicanos sólo pueden quedar por un período.
Así los electores no pueden premiarles con otro turno si son
exitosos en sus labores, o destituirlos si hacen mal trabajo.
-
Públicos pasivos. Sumisión al liderazgo
fuerte limita incentivos para que los ciudadanos participen en
decisiones públicas, quitando así un freno para
reducir los excesos de los gobernantes. En México los
políticos todavía ofrecen compromisos, pero son
aversos a presentar alternativas específicas a los
electores. Un miembro de la administración de Vicente
Fox se quejó recientemente, "el público no espera ser
consultado en cómo hacer las cosas. La mayoría
quiere creer que sus líderes simplemente harán las
cosas mejor."
-
Imperios de impunidad. Públicos pasivos dejan a
los políticos considerable latitud para tomar decisiones con
impunidad siempre que cumplan unos pocos compromisos. Les
dejan distanciarse del alcance de las leyes si cometen
crímenes y les dejan aplicar las mismas contra los
desamparados, contra los que no pagan sobornos y contra sus propios
oponentes. El investigador venezolano Carlos Sabino ilustra
el punto que por faltar un estado de derecho, los alemanes de la
República de Weimar eligieron democráticamente uno de
los más notorios tiranos de la historia-Adolfo Hitler.
Del mismo modo, sin contrato social, los ciudadanos de Haití
y Venezuela son rehenes de los decretos arbitrarios y el
comportamiento caprichoso de autoritaristas electos, aunque su
paciencia está por acabar.
Libre comercio no basta
La abertura de mercados una vez cerrados al comercio con
el exterior, controles sobre deudas públicas y la
privatización de industrias estatales ineficaces no son
suficientes para establecer una economía del mercado libre
ni capitalismo, aunque el último recibe la culpa por
cualquier fracaso de reformas parciales. Estas y otras
medidas, conocidas como el "consenso de Washington," fueron
adoptadas en América Latina en los primeros años
noventa y por un tiempo ayudaron a reducir los déficit y
aumentar la inversión extranjera. Las economías
crecieron donde las tarifas fueron bajadas, pero la pobreza y el
desempleo incrementaron, aun si se pasan por alto los conflictos en
los países andinos del norte.
Con
seguridad, el récord económico pudiera haber sido
mucho peor sin estas reformas, pero el progreso verdadero no es
posible hasta que la estructura en que se fundamentan las
economías de la región sea verdaderamente
liberalizada. Las razones son:
-
Competencia restringida. La mayoría de las
economías siguen cerradas internamente para proteger los
intereses comerciales de una minoría elite, mientras que los
miembros de la clase media y los pobres son aplacados por medio de
programas sociales. Códigos comerciales complicados y
acceso al crédito limitado mantienen competidores
prospectivos acorralados e incapaces de emprender empresas
nuevas. Mientras, un alza de libre comercio con el exterior
rinde beneficios a las industrias ya establecidas y contribuye al
crecimiento económico, la misma no crea puestos de trabajo
suficientes para absorber los incrementos de la población de
trabajadores.
-
Regulación excesiva. Pasos complejos para
establecer empresas legales que toman meses y hasta más de
un año, mantienen afuera a todos excepto a los que tengan
recursos financieros para navegar el sistema, según estudios
de Hernando de Soto, del Instituto Libertad y Democracia de Lima,
Perú. Estiradas leyes laborales que mandan aguinaldos
y pagos del término de empleo excesivos en la ausencia de un
programa de seguros de desempleo, impactan injustamente a las
pequeñas empresas que no pueden pagar estos costos.
Sólo los negocios con casi o completo poder de monopolio
pueden sobrevivir en un ambiente tan hostil.
-
Mal diseño de tributos y derechos de propiedad
débiles. Excesivos impuestos de valor agregado,
aunque fáciles de recolectar, elevan los costos de productos
y reducen las ventas. Había países que sacaban
impuestos de sus exportaciones, limitando aún más el
crecimiento económico. En la región, la
inadecuada protección de derechos de propiedad dificulta el
proceso de registrar bienes raíces, negando a los pobres la
posibilidad de vender propiedad o usarla como garantía para
obtener crédito.
-
Sobras de la mesa para los pobres. Subsidios y techos
artificiales para los precios compensan en parte el desempleo y la
informalidad de los pobres. Estos programas consumen grandes
porciones del presupuesto nacional y nunca facilitan que los pobres
hagan la transición de recipientes de beneficios a pagadores
de impuestos. En los Estados Unidos, la llamada "Guerra
contra la Pobreza," un programa compasivo del Presidente Lyndon
Johnson, proporcionó muchos beneficios a los pobres, pero
sin incentivos para que regresaran a trabajar. Por eso,
ayudó a crear una clase permanente de dependientes de
bienestar estatal. En pocos países latinoamericanos se
encuentra beneficios tan generosos, al mismo tiempo que faltan
climas de comercio suficientemente receptivos para incentivar a
nuevos empresarios a participar en la economía legal.
La carretera adelante
A pesar de que el liberalismo no ha muerto en
América Latina, se encuentra en riesgo de no tener
éxito siempre que la democracia y los mercados libres sean
parcialmente adoptados. Y mientras regímenes
autoritarios parecen estar emergiendo con alarmante frecuencia,
suele decirse que los caudillos y su populismo son dinosaurios en
una edad de interdependencia internacional, comercio en
expansión y mercados ya globales.
Para
que el liberalismo florezca, los logros democráticos deben
marchar mas allá de las elecciones para colocar la autoridad
en su propio lugar-al servicio a los individuos libres. Los
gobiernos deben ser descentralizados para que las autoridades de
niveles locales, distritales y nacionales puedan manejar
sólo los asuntos que corresponden a ellos según sus
pericias. El liderazgo ejecutivo debe ser balanceado por
poderes legislativos y judiciales de igual fuerza.
La
representación en asambleas nacionales debe ser directa y
mayormente atada a un distrito. Sería mejor que los
comicios, no los líderes de partidos, decidan quién
se postule para un cargo en las elecciones generales. Y los
ciudadanos deben reclamar alternativas y explicaciones, no promesas
indefinidas de sus líderes y representativos.
Para
estimular crecimiento económico y extender la prosperidad a
los pobres, los países de la región deben simplificar
los códigos comerciales con objeto de minimizar la
interferencia del Estado en el comercio, con la excepción de
proporcionar incentivos para la creación de empresas nuevas
y asegurar un buen clima para la competitividad. A
través de los esfuerzos de Hernando de Soto y su instituto,
Perú emprendió un sistema de registro de empresas que
redujo los trámites de 289 días a uno. Los
costos se disminuyeron de US$1.200 a US$174. Como resultado,
entre los años 1991 a 1997 se crearon más de 500,000
puestos de trabajo.
Los
impuestos de valor agregado deben ser minimizados con impuestos de
ingreso corporativos y personales de carácter sencillo,
justo y bajo. Nadie debe equivocarse como los Estados Unidos
en complicar el sistema de tributos con un exceso de tasas
diferentes, excepciones, y trámites incomprensibles.
Finalmente, deben ser revisadas las leyes laborales para eliminar
pesadas obligaciones que disuaden a los dueños de
pequeñas empresas de emplear más trabajadores.
Los
regímenes autocráticos se parecen padres que cuidan
niños que nunca salen de la casa, mientras que Estados
liberales les dan la oportunidad de pasar a adultos y elaborar sus
propios sueños. Los líderes autoritarios
todavía son atractivos para muchos pobres en la
región, para quienes sus personalidades fuertes y
carismáticas parecen ofrecer la única esperanza de
cambio. La democracia y los mercados del liberalismo no
serán alternativas viables hasta que las reformas para
establecerlos no sean plenamente implementadas. La
prosperidad verdadera será posible cuando todos los
ciudadanos latinoamericanos puedan disfrutar de derechos y
oportunidades iguales para ganar pan, aspirar a un oficio
público, o emprender su propio negocio.
Stephen Johnson es Analista de
Asuntos Latinoamericanos de La Fundación Heritage, un centro
de investigación en Washington, DC.